Artículo escrito originalmente para Manera Magazine México, publicada en la edición 7 y en su versión en línea.
Nueva York nace del fuego, la diversidad y la reinvención. Tras levantarse sobre la primera colonia europea en lo que hoy es Manhattan, la ciudad empezó a forjar un destino que nunca se detendría. Los incendios que la arrasaron en distintas épocas obligaron a dibujarla una y otra vez; la cuadrícula planeada al norte de Houston Street en 1811 dio orden a su expansión; Central Park, proyectado en 1850, introdujo naturaleza en medio de la vorágine urbana; y el Equitable Life, levantado en 1870 con apenas siete pisos (los elevadores no eran comunes), abrió la puerta de la carrera hacia el cielo de la ciudad. Después, el siglo XX trajo consigo revoluciones sociales, tecnológicas y culturales que transformaron no sólo a la ciudad, sino al mundo entero.
En el puerto, aún lejos de los muelles, el incesante flujo de inmigrantes que desembarcaban en Ellis Island, bajo la mirada de la Estatua de la Libertad, fue sembrando la diversidad que hoy define a Nueva York. Cada barco trajo consigo tradiciones, lenguas, sabores y modos de entender el mundo que, lejos de diluirse, se entrelazaron en una trama irrepetible. Esa suma de voces distintas es el verdadero ADN de la ciudad.
Nueva York nunca necesitó ser la más extensa ni la más poblada para convertirse en referente. Lo mismo sucede con su cocina: las gastronomías mediterránea, griega o japonesa no nacieron aquí, pero pocas ciudades pueden presumir tantos templos culinarios dedicados a ellas, galardonados una y otra vez. Esa es, al final, la esencia neoyorquina: tomar lo mejor de cada tradición, reinterpretarlo y devolverlo al mundo convertido en referente.
Y allí está la paradoja: su grandeza no se mide en kilómetros cuadrados ni en cifras demográficas, sino en intensidad. En la imaginación colectiva, Nueva York es “la ciudad más grande del mundo” porque es inabarcable. Pretender conocerla en su totalidad es, desde el inicio, una derrota segura. Si existiera justicia poética, cada aeropuerto de la ciudad o la misma Grand Central Station avisaría al salir: “Pierda toda esperanza de conocer esta ciudad por completo quien cruce por estas puertas”. La derrota tras intentar abarcarlo todo viaja en el asiento contiguo al visitante.
La clave, entonces, está en rendirse. Entender que cada visita es, en realidad, un viaje a una ciudad distinta. Un viajero puede regresar cinco veces y encontrar cinco Nueva Yorks diferentes. Un itinerario puede conducirlo a los grandes museos, donde obras inmortales dialogan con edificios que son en sí mismos piezas maestras. Basta pensar en el Guggenheim: ¿se visita para ver a Kandinsky o para contemplar la espiral perfecta de Wright? Probablemente, para ambos.
La reciente reapertura de la Frick Collection sobre la quinta avenida (entrada por la 70) recuerda que los tesoros de la ciudad no siempre son obvios. Allí conviven Velázquez, Goya, El Greco y tres Vermeer, acompañados de hallazgos inesperados, como un Corot evocando el silencio de una tarde de invierno o la contemporánea naturaleza hecha de porcelana que tranquilamente reclama su lugar al lado de los clásicos.
Las carteleras y luces en guirnalda son la invitación a adentrarse en cualquier teatro de Broadway para entender otro de los títulos nobiliarios de Nueva York —quizá compartido sólo con Londres—: la capital del teatro, y en particular, del teatro musical. Allí, productores, compositores, músicos, escenógrafos y actores tejen, noche tras noche, un museo efímero en movimiento. Cada función es irrepetible: un instante en el que la técnica perfecta y la emoción desbordada se encuentran para recordarnos que el arte vivo, el que sucede frente a nuestros ojos y se desvanece con el telón, sigue siendo insustituible.
Pero el arte en Nueva York también se sirve en la mesa. Durante la Restaurant Week, la quimera de degustar un menú Michelin por menos de 40 dólares se vuelve realidad. El comensal abre la carta y sonríe, la ciudad le guiña el ojo: incluso el lujo puede tener un respiro accesible.
Nueva York es extenuante y sorprendente, caótica y seductora. No se trata de conocerla, sino de dejarse arrastrar por ella. Porque siempre quedará un Nueva York pendiente, y en ese infinito aplazamiento reside, precisamente, su belleza.
Menciones y agradecimientos especiales:
Escondido bajo el MoMA, The Modern ofrece una carta acorde a la visión del museo; arriesgada con resultados increíbles.
No hay una experiencia neoyorkina completa sin un espectáculo deportivo y estando en Queens, el imponente Citi Field mantiene abiertas sus puertas para los partidos de los Mets.
CIVILIAN Hotel es la forma inteligente de hospedarse en el Theater District, sofisticado, pragmático y funcional.
La ciudad es testigo del diálogo –a veces urbano, a veces artístico, a veces arquitectónico– de diferentes épocas, una al lado de la otra y el emblemático Martinique Hotel en Midtown que se yergue orgulloso su estilo Art Deco junto a gigantes más modernos es un claro ejemplo de este diálogo.
Los tours en bote que Circle Line Sightseeing Cruises ofrece alrededor de Manhattan son una forma diferente de disfrutar la ciudad recorriéndola desde los ríos.
Build Tours ofrece una serie de walking tours alrededor de los diferentes barrios de la ciudad, recorriendo su historia a través de su arquitectura, urbana, habitacional y de servicios.
Una nota sobre las fotos
Para este viaje hice algo realmente loco: me una sola cámara y un solo lente. Y no cualquier cámara: una nueva, no sólo para mí sino para el mercado, con un paradigma sutil pero importantemente diferente a todo lo que jamás hubiera usado; la Sigma BF y un 50mm f/2. El resultado habla por sí solo 🫶.





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